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Los sabores de mi historia. Escribir desde mi herencia familiar culinaria (2025)

Actualizado: 22 ene

Idalia L. Carrillo tuvo la maravillosa idea de entrevistar a las autoras de este libro y acá les compartimos las experiencias que atravesaron sus procesos de escritura en torno a su herencia familiar culinaria. ¡Sigue leyendo!


Coautoras del libro Los sabores de mi historia. Escribir desde mi herencia familiar culinaria.
Coautoras del libro Los sabores de mi historia. Escribir desde mi herencia familiar culinaria.

Cynthia Castro Loredo



Mujer mar parida una mañana brillante de Julio en el ombligo de la luna en Abya Yala. Amante de la naturaleza y cuidadora de la vida; curiosa y viajera.   


Buscadora y tejedora de historias, enseñanza de las mujeres de mi genealogía. Disfruto los placeres y las alquimias que se gestan en las cocinas y los sabores heredados de mis ancestras. Enamorada de la tierra, barro Oaxaca con el que creo y moldeo sueños.


He sido tallerista, maestra y estudiante, eligiendo la educación como espacio de acción política. Mis quimeras son la libertad y la justicia para construir el buen vivir.


Las letras han sido mis compañeras desde la infancia; durante un tiempo me alejé de ellas. Hace unos años, recuperé mi pluma buscando nombrar, visibilizar y transmutar mis historias de vida como mujer escritora desde un acto de resistencia.


En la búsqueda de espacios colectivos, tomé talleres y cursos dirigidos por maestras rebeldes y subversivas que validaban e impulsaban la escritura desde nuestro ser mujeres. Entre ellas están Alejandra Collado, Anilú Zavala, Mar Guerrero, Anaïs Abreu y Colectivas como Pulque filosófico, Círculo literario de mujeres y Colectiva Atlzihuatl. Abordamos temáticas como la cuerpa, el erotismo, el deseo, la escritura, la cocina, el arte y la sexualidad cómo actos políticos.


Disfruté de leer y escribir acompañada de mujeres, en colectiva; tejiendo redes de escucha, acompañamiento y sororidad. Estos espacios se volvieron lugares de encuentro, acuerpamiento, enunciación y aprendizaje.


Así encontré el taller “Mujeres en la calle: La experiencia femenina en el espacio público” impartido por la Maestra Georgina Mejía Amador. Continuamos en posteriores talleres de creación literaria y formamos un grupo potente al que llamamos “Las mujeres pluma”. Nos reuníamos semanalmente para escribir y compartir las letras.


Tiempo después, la maestra nos convocó a escribir sobre nuestras herencias culinarias en el taller "Los sabores de mi historia”. Confluimos en un interés común por contar y escribir nuestras historias familiares, rescatar recetas olvidadas y personajas de nuestro pasado que nos regalaron sazones, dichos y rituales alrededor de la cocina.


Cada una elegimos una receta que nos representara y la compartimos con alguna de nuestras compañeras. Las enchiladas verdes de mamá fueron el platillo emblemático que reviví a través de la escritura; con él nombré la rebeldía de mi madre y su falta de interés por la cocina como un acto de desobediencia.


Poco a poco, como las abuelas que guisan a fuego lento, nuestras letras fueron dándonos enormes regalos. Mariana recibió las enchiladas, las cocinó en su casa al ritmo de la música de mamá. En este camino, descubrió a su madre y su historia con la comida. Sus letras trastocaron la salsa verde de mi niñez y la transformaron en un verde insumiso.

 

En forma de regalo, cada platillo fue recibido por una mujer que en ese momento de su vida requería de esa receta para mover, confrontar, mirar y sentir en el vientre la historia de la otra como propia.

Nos movimos del escritorio y fuimos al mercado o al huerto de casa para elegir los ingredientes de la receta desconocida. Abrimos hornos, prendimos el fogón e incendiamos los dolores que la cocina de nuestras ancestras ha guardado por décadas.

Escribimos respuestas a las recetas recibidas, como Sor Juana contestó a Sor Filotea hace algunas décadas. Las letras llegaron, tocando las corazonas de todas, invocando aguas saladas para sanar enfermedades, desamores, violencias y pérdidas que llevaban alojadas en nuestra cuerpa desde hacía tiempo. El fuego llamó a la rabia, que transmutó las tristezas vividas por generaciones.

Recibí varias recetas de regalo, el corazón de Pan de Mónica que movió mi pecho para cuestionarme la forma en la que nos miramos las mujeres frente al espejo. Mi piel mostró mis cicatrices buscando la aceptación de mi cuerpa y abriendo el horno de casa de mis padres nombré la nostalgia por mi cocina y mi propia casa. Nos hermanamos con un pan de vainilla en forma de corazona.


Gaby, compartió como ofrenda los coditos de atún y el caldo de bolitas de chipilín, impregnados de nostalgia por la ausencia de su abuelita Mary. Los olores del sureste me llevaron a enfrentar mis propias pérdidas, el miedo a la muerte de mis seres amados y la necesidad de volver a sentirme libre en las montañas verde azules. El caldo calientito, “apapaché” mi corazona y como decía mi abuelita “Nada como un buen caldo para curar cualquier enfermedad” ya sea del cuerpo o del alma.


Descubrí que mi herencia familiar ha permanecido a lo largo de las generaciones gracias a las mujeres que de forma oral han nombrado y defendido su propia historia para transformarla en memoria. Observé que la historia individual es también colectiva y que compartimos desde nuestro ser mujeres. Ahora los platillos de las mujeres plumas son parte de mi herencia culinaria.


Los sabores me llevaron a mis manos pequeñas pelando tomates verdes, a mis ojos grandes mirando por el horno, al flan inundado de caramelo que mi abuelita preparaba, a la lasaña de mi tía abuela en los cumpleaños y a todas aquellas cocinas que forman parte de mi vida.


Como hoy y como siempre, al entrar a la cocina invoqué la esencia de mi abuelita Carmelita, mis tías, mi madre y mi abuela, de todas aquellas mujeres que han compartido conmigo sus fogones como el acto más íntimo de resistencia y rebeldía.

Y citando a la gran Gloria Anzaldúa:

Olvídate del “cuarto propio”-escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el excusado. No hay tiempos extendidos con la máquina de escribir a menos que seas rica, o tengas un patrocinador (puede ser que ni tengas una máquina de escribir). Mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo. Cuando estés deprimida, enojada, herida, cuando la compasión y el amor te posea. Cuando no puedas hacer nada más que escribir.

Florina Olivarría



Soy académica, feminista y hoy narradora.        


Al proyecto llegué a través de Georgina Mejía con su laboratoria de la calle, un proyecto también muy interesante. Después seguimos con el taller “Los sabores de mi historia”. Hicimos un primer taller en el que fuimos compartiendo la ideas, sobre lo que podíamos escribir, nuestras historias, leímos y al final presentamos los trabajos. De ahí salió el relato “Todas alrededor del fuego” dedicado a mi abuela Emilia que narra la vida cotidiana de la cocina, los alimentos y su cocimiento. Nos gustó mucho que seguimos con una segunda parte ya con la idea de publicar los textos. Nos íbamos fascinando con las historias que nos leíamos.


Lo que más disfruté del proyecto fue ir conectando con las historias de cada una, cómo íbamos construyendo nuestros relatos, los sabores de las recetas, los aromas, los utensilios, al final los guisos. Cada relato era como un relato hacia los lugares, las abuelas, las madres, las tías. Hablamos de los afectos: el amor, la nostalgia y algunos dolores, cosas que nos atraviesan los cuerpos. Mi relato principal de mayor urdimbre es: “Gorditas de piloncillo”, contado desde la voz de mi hermana Dora que narra la vida de Bartola, mi abuela paterna. Dos historias en dos tiempos unidos en esta maravillosa receta ancestral. 


Lo más confrontativo fue la historia de mi abuela, la vida tan difícil enfrentando la adversidad. Bartola era del campo, su trabajo fue en casas de ricos como servidumbre, luego vendiendo comida, criando gallinas, puercos. Admirable su espíritu inquebrantable, madre soltera después que enviudó. Luego narrar la vida de mi hermana como paciente renal, su fortaleza para enfrentar su enfermedad. La resistencia de ambas es un dolor profundo y de enseñanza en muchos sentidos.


Aprendí que la cocina no solo nos alimenta, nos da resistencia, ver a todas esas mujeres cocinando alrededor del fuego, juntas, comunales. Me hace comprender que eso es lo que sostiene la vida, la alquimia que se va produciendo nos cura el alma. La comida cotidiana, la de fiestas, las ceremoniales hacen que la vida se continúe por generaciones y generaciones. Por eso es una tarea conservarlas y trasmitir las recetas de las abuelas. Honrar al fuego que ayuda a trasmutar los alimentos. Honrar la tierra que nos da los frutos. Honrar la tribu.

Los sabores me llevan a la casa de las abuelas y ahora a la casa de mi madre, a prender el fogón, hoy estufas, ayer hornillas y leños. Me llevan a los sabores de mi familia y de los lugares donde dejaron el ombligo mis ancestras; a la Costa del norte de Nayarit, México. A los hombres del campo que cultivan la tierra y nos dan de comer; al rancho donde la gente sigue viviendo en comunidad a pesar de la globalización.


Georgina Mejía Amador


Soy tallerista y compiladora del volumen Los sabores de mi historia. Escribir desde mi herencia familiar culinaria. Me encanta leer y escribir para crear mundos nuevos y reconstruir la realidad. La realidad a veces asfixia, aprieta, desespera, y el arte es un respiro para ello. Me encanta también la docencia porque soy muy paciente y me gusta guiar a las personas a que se encuentren a sí mismas a través de la creación y la escritura.


La idea del proyecto se me ocurrió por la curiosidad frente a mi propia herencia culinaria. Soy una obsesionada de las historias familiares, de preguntarme de dónde vengo y qué mujeres y hombres llegaron antes de mí. El origen es para mí una preocupación en muchos ámbitos, y el culinario es uno de ellos. Entonces pensé: ¿cuáles serán los platillos que las demás familias comen? ¿Qué significado tiene para otros el acto de comer como identidad familiar e individual? Y así fui pensando en el taller de creación literaria, quise que fuera más que una colección de recetas, más como la maravillosa novela Como agua para chocolate, donde la cocina acompaña las emociones y vivencias de Tita. La idea del taller consistió en explorar la historia familiar a través del recuerdo y del testimonio culinario, pero fue mucho más allá, pues los textos rescataron la vida de abuelas, tías, madres, hermanas, padres y sus historias de vida. No hay algo más íntimo que la preparación de alimentos para los seres queridos.


Disfruté mucho el proceso de escritura de cada una de las participantes. Me encantó ver cómo se descubrían a sí mismas, cómo fueron cobrando confianza. Además, hubo un momento en el que cada una intercambió su receta familiar con otra participante por medio de un sorteo, y de esa forma hubo mayor conexión emocional. Parecía que cada receta le correspondió a la participante correcta, porque también fueron momentos difíciles en cuanto a lo personal, y a través de las recetas de las otras, fueron encontrándose y dialogando de manera muy empática, respetuosa y cariñosa.

Mirar al pasado y mirar al cuerpo siempre resulta lo más complejo. Escribir es un acto de autoconocimiento, sí, y por ello no está exento de dolor y malos recuerdos. Varias de las recetas tenían que ver con una transformación personal que confrontaban el dolor con algún miembro de la familia, con alguna pérdida y con el propio cuerpo.


Descubrí que mi historia es muy similar a la de otras familias. Satisfice mi curiosidad respecto a qué comen otras familias, pero fue mucho más importante conocer las historias de vida en torno a dichos platillos. La escritura hermana, es un diálogo entre almas y corazones, y en este taller esto fue muy evidente, no solamente entre nosotras, sino que ahora que hemos estado llevando el libro a otros espacios con otros lectores, reciben con mucho cariño el libro porque les habla de sus propias historias.


Los sabores me llevan a los recuerdos, a las historias de vida de mujeres y hombres que lucharon por sobrevivir, por adaptarse a nuevos territorios, por sacar adelante a sus familias. Los sabores son identidad individual y cohesión social.


Lucía Hernández-Lara Schechter



Vivo en Baton Rouge, Lousiana desde hace casi un año y viví 14 años en Texas. Mexicana de nacimiento, norteña de corazón y eternamente forastera por elección. Una auténtica Tex, Mex, Cajun. Intérprete- traductor, gestora territorial y escritora en cocción.


Tengo el gusto de conocer a nuestra maestra Georgina Mejia Amador desde la Facultad de FILOS en la carrera de Letras Inglesas; nos reencontramos durante la pandemia a través de sus talleres de creación literaria, y desde ahí no he podido dejar de tomar sus cursos. Soy su fan desde hace 21 años después de que la escuché hablar sobre las sagas noruegas en la Ciudad de México en un VIPS de AV. Universidad.


La sinergia de compartir con mujeres honestas y transparentes que no temen poner por escrito sus más íntimos y dolorosos pensamientos. Es muy refrescante ser parte de un experimento creativo, en un ambiente seguro, que se ha logrado gracias al esfuerzo constante, y nada fácil de conservar, de nuestra maestra.


Lo más confrontativo es no censurarse a sí misma. No es para cualquiera trabajar contra la vergüenza y el dolor para poder fraguar el temple necesario que nos permite tocar los recuerdos (buenos y malos) con ojos honestos, a veces con inocencia de niña, o con las heridas todavía supurantes.


Aprendí que no solo se deben rescatar los recuerdos bonitos, y las recetas que nos salen bien; que nuestras sombras y el dolor nos enseñan cosas invaluables. Que estamos hechas de claros y oscuros. Que vale la pena sacar los trapitos al sol para que no se nos apeste el alma. 


Los sabores me permiten crear lazos con mis muertos, con mis muertos vivos y con aquellos que más extraño. Estoy hecha de sabores agrídulces como las pitayas, salados como la machaca y los tacos de nada, y picantes como el chiltepin. Mis sabores van conmigo a cualquier lugar del mundo, yo los llevo a volar como papalotes y terregales. Mis sabores me permiten echar raíces y sobrevivir en todos lados: desiertos, planicies y pantanos.  

María Elena Espinoza Fuentes



Los sueños pueden lograrse. Una felicidad que no es finita invade el cuerpo cuando los palpas, los sientes y los observas. Logramos la culminación de un sueño que comenzó por ser primero un ejercicio de aprendizaje para mí. La formación como contadora, me deja ver que los números siempre están presentes más que las palabras escritas. Eso no quiere decir que no me apasione la lectura, y que no haya tenido otros intentos de escribir, pero el momento no había llegado. Hace aproximadamente dos años, cuando solo miraba en algunas de esas redes donde nos vemos sin conocernos, encontré un taller que invitaba a escribir, primero fue la experiencia de ser mujer y transitar por las calles, después de este mismo grupo se creó otro, donde se nos invitaba escribir un tipo recetario, contando algo de nuestra familia o personal. Fue así que comenzamos un viaje gastronómico ancestral y reparador.


La Doctora Georgina Mejía Amador, para nosotras Geo, ha sido un ejemplo de

resiliencia, de valor y de escucha,


pues al igual que las alcachofas esconden su corazón entre una gran cantidad de hojas, empezamos a desnudar nuestra alma, gracias a la confianza que comenzó a forjarse, y la cual todavía perdura hasta ahora. Dentro de estos relatos están las voces de nuestras ancestras, de nuestras hijas, de nosotras. Abrirnos frente a otras mujeres, generó una escucha activa, de consuelo, de esperanza y de sororidad.

No solo escribimos para contar sobre nuestro platillo más tradicional o representativo en nuestras familias, sino fue un reencuentro de nosotras con nuestras cocinas familiares, donde algunas veces se mostraba la familia completa, o solo nuestra familia nuclear y de esta forma, considero que, otras mujeres y otras familias pueden identificarse, verse reflejadas por sabores y olores conocidos.


La disciplina y el compromiso de estar en el taller, acompañada de mis queridas “Mujeres Pluma”, me llevó a escribir mis textos, los cuales forman parte de este maravilloso libro y el cual, con mucho cariño quisimos dar a conocer. Esperando sea una invitación a descubrir nuevos sabores, nuevos olores. Y también para que todas y todos, se animen a leerlo y por qué no, a escribir y contar sus historias.


Mariana Suárez Pérez



Soy de la colonia San Felipe de Jesús en la Ciudad de México. Estudié administración de empresas pero desde pequeña la vida me ha llevado por el camino del arte y el misticismo. Me gustan los cerros y montañas, pinto, disfruto escribir y hace no mucho que descubrí el goce de cocinar. También me he formado como tarotista, especialista ritual y actualmente tomo un diplomado en cocina tradicional mexicana.


En 2023 luego de una experiencia que me tenía muy triste, retomé la escritura, pero esta vez quise hacerlo de manera más formal. Busqué talleres y vagando por las redes llamó mi atención el taller de Georgina. Originalmente sólo quería realizar un recetario (que hace tiempo tenía parado) sin imaginarme que el resultado sería la publicación de la antología.


Lo que más disfruté de este proyecto fue poder sentir la libertad de escribir sin ser juzgada. Pocas veces había mostrado mis textos a otras personas y afortunadamente todas las mujeres que estuvieron en el taller fueron respetuosas y recíprocas, además de la excelente guía y paciencia de Geo. Dejamos de ser desconocidas para volvernos hermanas de letras, otra cosa que me gustó fue indagar en las memorias familiares tanto mías como de mis amigas.


Lo más confrontativo fue darme cuenta que una parte de mí aún tenía una herida con mamá y con la comida. En alguno de los ejercicios tuvimos que regresar a la infancia y fue doloroso, pues esos recuerdos habían opacado las vivencias agradables. Ir hacia adentro y rascarle a lo que una enterró no es nada fácil, me di cuenta que estaba enojada y que aún faltaba reconciliarme con el fogón.

Aprendí que así sea un alimento muy sencillo, nos va a decir mucho de los lugares a donde pertenecemos (con esto me refiero a sitios de origen de nuestros ancestros), también aprendí a conectar con mis abuelas cocinando pues no tuve oportunidad de convivir con ellas como me hubiera gustado.


Los sabores me llevan a Tlalpan, a Pahuacan y a guardar todas esas anécdotas que devienen cuando una prepara el alimento o cuando lo comparte. Me llevan a terminar de cuajar pedacitos de mi alma que andaban perdidos y a disfrutar del presente.

 


Mónica Domínguez Hernández


Mi nombre es Mónica, pero desde niña muchos me llaman Mona. Tengo 28 años; soy arquitecta, emprendedora, amante de las caminatas largas, combativa y aunque me cuesta mencionarlo, también escritora, no de profesión, pero si del diario. Desde que leí “El principio del placer” de Pacheco, se me quedó muy presente la idea de un diario y aunque nunca lo tuve para hablar sobre mí, sí escribí de amor, de lluvia, de mis gatos y de todo lo que veía para recordarlo. En el CCH tomé clases de Antropología y me di cuenta de que todos mis escritos eran un registro muy rico. Conforme seguí lo convertí en un hábito, nunca con la idea de hacer un libro o algo por el estilo, nomás fue por el puro gusto de sacar mis pensamientos y reírme o enojarme conmigo. Ahora siento bien bonito poder ver mis palabras, mi voz en un libro junto a la voz de mujeres que admiro un montón.


Llegué a este proyecto a partir de pandemia, es curioso como un solo evento puede darle un giro a toda tu vida. En 2020 orillada por esa pandemia, una ruptura que me dejó completamente desarmada y mi terapeuta que me invitaba a continuar con la escritura, aproveché la oportunidad de tomar un montón de talleres y cursos en línea, en uno de ellos participó mi querida Geo dando una plática sobre monjas. Algo que tiene Geo es que su forma de compartir sus conocimientos se siente como un apapacho, conoce tan bien los temas de los que habla que es muy sencillo captar y atraparte con ellos. Y pues después de esa clase de Monjas del siglo XVI seguí su trabajo por redes sociales, y tomé diferentes talleres tanto de lectura, como de escritura. Uno de ellos “Mujeres en la calle” fue mi primer acercamiento a la palabra escrita, fue un curso muy catártico que me dejó con ganas de seguir experimentando la escritura. Tiempo después me apareció en Facebook el nuevo taller “Los sabores de mi historia”, me llamó la atención porque quería honrar a mi abuela Celia y sus deliciosos e icónicos tamales Oaxaqueños y decidí inscribirme sin imaginar todo lo que estaba por sucedernos.


Lo que más disfruté del proyecto fue escuchar las historias de todas, la ventaja de que los espacios sean -sin planearlo– conformados únicamente por mujeres te permite exponer tus heridas sin miedos ni filtros, te enseña mucho a escuchar, empatizar y se disfruta un montón ese lugar seguro que creamos cada una con cada ingrediente que describíamos.


Lo más confrontativo fue escribir sobre mí. La receta de Los Oaxaca de Celia es un homenaje a mi abuela y mi familia materna, lo que se lee es lo que afortunadamente algunas familias aún viven, los rituales de hacer comida para muchos. Pero, escribir tu propio ritual es entender de dónde viene. Es contratarte a ti, a tu pasado, a tus decisiones y es fuerte. Duele, porque no es solo comida; son trastornos alimentarios, violencia, acoso, y un sinfín de emociones.

Creo que redescubrí lo importante de los rituales familiares, el peso de la comida sobre la familia, sus roles y dinámicas,; y más. Después de la pandemia, pasaron dos años para volver a hacer los famosos Oaxacos de Celia, es una fortuna vivir esa experiencia y ese legado.


Los sabores me llevan a recordar. No hay nada como probar un platillo o alimento y transportarte a tu infancia, a tu primera comida hecha por ti, a la fiesta de XV donde el mole estuvo buenísimo, a la cena de navidad, al primer guiso en tu nuevo espacio. Los sabores son eso, la memoria del paladar.

 

 

Tania Acevedo



Soy Hidalguense. Actualmente trabajo desarrollando algunos proyectos artísticos y tengo un consultorio de arteterapia. Siempre me ha llamado la atención la historia y aprender cómo se hacen las cosas. De ahí también vino mi gusto por la cocina, escuchando las historias de mi abuela y viendo cómo preparaba los alimentos.

Estudié la carrera de arquitectura con especialidad en patrimonio y sustentabilidad, me ha interesado desde siempre la preservación de saberes y la sostenibilidad, amo cuidar de mi jardín y salir a correr al aire libre.


Llegué a este proyecto por un anuncio en Facebook de El Recreo, Laboratorio creativo. En ese momento yo tenía un negocio de repostería, pero estaba sintiendo la necesidad de cambiar mi relación con la comida, hacer cosas más saludables en la cocina y aprender más. Me llamó la atención que se centrara en las historias en la cocina, sentí que se juntaban ahí varias cosas que yo estaba buscando integrar.

Durante ese tiempo también tomé un diplomado sobre la antropología de la cocina y me pareció que se conectaban muy bien en esa línea, además la atención de Georgina siempre fue buena, así que me animé.


Disfruté mucho tener tiempo para escribir, no sabía que me iba a gustar tanto. Luego el encontrar a personas tan lindas y diferentes a mí que a la vez compartieran tanto conmigo. A pesar de que fue en línea se creó una dinámica de grupo muy bonita, se sentía como un espacio de confianza y eso nos permitió abrirnos y hablar de muchas cosas de nuestras historias que estaban empolvadas en lo más profundo de nosotras, desde ahí salió todo este proyecto, de esa profundidad.


Disfruté mucho recordar momentos de mi infancia y revisar esos recuerdos dándoles un nuevo significado desde la comprensión y con las nuevas perspectivas de las compañeras del grupo.


Para mí lo más confrontativo fue y sigue siendo poner todo eso afuera, ese ejercicio de permitir que salgan cosas desde lo más profundo del ser, eso para mí siempre es confrontativo... Darme cuenta al escribir que tal vez algo que había considerado insignificante en realidad me dolió mucho y sentir que tengo que hacer algo con eso, transformarlo en otra cosa.


También compartir estas perspectivas con mi familia y hacerles saber cómo me sentía yo en ciertos momentos difíciles o en situaciones particulares, dejar que me conocieran más desde otra perspectiva, desde lo que escribo.


Descubrí muchos detalles de mi historia familiar preguntando por las recetas y atando pequeñas historias que he escuchado a lo largo de los años. Aprendí que mi historia se entrelaza con la de ellos en muchas más formas de las que yo pensaba… que hemos sentido las mismas emociones, que tenemos anhelos parecidos y que en realidad hay mucha riqueza en mi herencia culinaria, mucha más de la que yo pensaba, pues mi familia se ha dispersado por muchos lugares y hemos aprendido cosas de muchas tradiciones diferentes que se han mezclado hasta llegar al día de hoy.


Los sabores me llevan a recuerdos, momentos llenos de emoción, ya sea alegría o tristeza, cuando pienso en cierto platillo o receta vienen a mi mente imágenes de la sobremesa de ese día o del viaje a comprar los ingredientes, o de algún contratiempo que haya hecho más interesante esa preparación, de esa forma cada preparación, aunque sea la misma receta, es distinta a las demás. Los sabores me transportan invariablemente hacia alguna historia, mía o de algún libro o de mis conocidos.


Creo que la historia entera de la humanidad está marcada por el espacio de la cocina y los cambios en la alimentación, la creación y modificación de recetas. Para mí, este proceso se parece al de escribir, yo comencé con una historia de mi familia y esa historia se fue transformando en mi mente, incluyendo cosas que me hubiera gustado que sucedieran y transformando algunas otras para así cambiar mi historia, no porque desaparezcan las anécdotas tal cual sucedieron, sino porque ahora puedo verlas con otros ojos, más comprensivos, más amorosos.

Creo que esa es la magia de la escritura, poder contarnos diferentes historias sobre un mismo suceso hasta que podamos exprimir esas experiencias al máximo y luego compartir ese proceso con las demás personas, y encontrarnos con los otros. Ver que mi historia se parece un poco a la de alguien más, o que logra despertar otros recuerdos de sabores y de historias es una de las cosas que más he disfrutado de este libro.






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