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Hervir en una olla de violencias



Una vez mi papá me contó una historia:


Había un señor que siempre era golpeado por su esposa. Entonces, un día, el señor se cansó de que todo lo que hiciera fuera motivo de agresión. Se acercó a unos amigos y uno de ellos le dijo: “Mira, te vas a fajar los pantalones, llegas a tu casa y con el cinto en mano vas a domar a tu mujer. Lo que hace falta es que la metas en cintura y cuando vea tu cambio de actitud, va a entender”. El señor hizo tal cual: entró a su casa blandiendo el cinto y diciéndole a su mujer que estaba harto de su agresividad. Ella se rió y le dijo: “Eso lo hubieras hecho desde el inicio. ¿Tú crees que te la voy a creer después de todos estos años? Toda esta dinámica la tenemos porque lo has permitido y ha pasado tanto tiempo que ya no va a cambiar”. Y lo golpeó.


La historia me la contó cuando le dije que estaba pensando en separarme del papá de mi hija y le enuncié los motivos que, en ese momento, no me daba tanta vergüenza contar. Tenían que ver con algunas negligencias hacia nuestra hija y su desatención a labores domésticas. El mensaje de mi papá era que debí imponerme desde el principio de la relación y no ahora, que estaba al borde de la crisis y del llanto, que era difícil que C. cambiara porque, al final de cuentas, así había sido nuestra historia. Yo, como muchísimas mujeres hijas del machismo, amo a mi papá pese a sus errores pasados, presentes y la idea de que no va a cambiar. Sin embargo, todavía me resuena su intento de fabular lo que pasaba en mi relación. En realidad, yo siempre me había impuesto: tengo un carácter fuerte (necia), soy líder (mandona) y directa (culera). Mi expareja lo sabía, lo aceptaba y prometió que mis ambiciones (egoísta)  serían apoyadas siempre. Pero no fue así. Y más allá de no apoyarme, me saboteó.


Si yo estuviera escuchando a una Cristina que me está diciendo que se quiere separar, le contaría esta historia:


Había una vez dos ranas que entraron a una casa de campo. Sobre la estufa había dos ollas con agua y decidieron tomar un baño. Cuando intentaron entrar a la primera olla, brincaron inmediatamente porque el agua estaba hirviendo (el darse cuenta). Luego, decidieron entrar a la segunda olla (la esperanza de que será distinto, supongo). El agua estaba al tiempo. Se quedaron a relajarse y poco a poco el agua comenzó a calentarse. Paulatinamente, las ranas comenzaron a perder sus fuerzas y, cuando el calor era insoportable, decidieron irse, pero no pudieron. Murieron hervidas.


Así funciona la violencia. A veces no es evidente y escala hasta que estás agotada. La relación había comenzado bien: era atento, servicial y cariñoso. Él era todo lo contrario a una belleza hegemónica, pero me hacía reír y cubría mis necesidades afectivas. También tenía sus “detalles” que en ese momento no supe identificar. Por ejemplo, esperaba que yo lo alimentara cuando me visitaba y se quejaba de que en mi casa rentada de estudiante foránea no había de comer lo que él quería. Luego, nos fuimos a vivir juntos y comenzaron las mentiras, la luz de gas, los robos (sí, me robaba). Cuando sentí el agua tibia, decidí brincar, pero algo pasó: me embaracé y vinieron cientos de promesas: un nosotros, un proyecto de familia, titularse, conseguir un mejor trabajo para pasar más tiempo conmigo y la bebé, dejar de mentirme, cuidarme… Con el paso del tiempo, el agua comenzó a hervir con mucha intensidad después del parto: la violencia emocional, psicológica, verbal, sexual y económica se agudizó. Sí, no lo vi. Yo, la maestra en literatura, la cum laude, la coordinadora de varias organizaciones estudiantiles no supe identificarlo y tardé muchos años para, luego de verlo, enunciarlo. Era una rana hirviendo en una maternidad en crisis y también atravesaba violencia laboral, para colmo.


Supe que las cosas estaban muy mal cuando vimos Tully (2018) por recomendación de mi psicólogo de entonces. No creo en el spoiler: Charlize Theron interpreta a Marlo, una mamá muy cansada que acepta que su hermano contrate a Tully, una niñera nocturna para que le ayude con las labores de la casa porque no se da abasto con tres niños: una bebé, un niño con una condición mental y una niña. En las mañanas, descubre la casa limpia, pastelillos horneados y todo va bien. Su ánimo mejora, la libido aumenta y resulta que hasta permite que la tal Tully cumpla una fantasía sexual de su esposo, que se la pasaba jugando videojuegos en la cama antes de dormir (esa parte le interesó mucho a mi ex y pausó la película para manifestar su desconcierto, además de que él también es asiduo a los videojuegos). Marlo y Tully se van de fiesta y tienen un accidente. En el hospital se revela que el apellido de soltera de la mamá es Tully y que la niñera en realidad es su alter ego, una proyección de ella misma en su juventud para darse fuerzas. En esa parte, en el momento de la revelación, yo me sentí quebrar. Tenía a mi bebé en brazos y estaba a punto llorar cuando mi expareja pausó la película, me miró y me dijo: “Creo que están exagerando”. “¿Cómo?”, respondí. “Sí, lo hacen ver como si fuera muy difícil”. Ahí lo supe. Pero me quedé.


Me abruma la facilidad con la que me autoengañé para quedarme en un lugar tan feo. Quise creer que se titularía y por eso le pagué un curso de inglés en línea con sesiones síncronas solo para descubrir que, mientras la profesora daba la clase, él estaba jugando en la computadora. Quise creer y llevé prácticamente todos los gastos de la casa mientras él compraba skins de videojuegos a escondidas. Quise creer y cuando estaba embarazada le pasé un texto en el que se habla de lo importante que era que las mujeres retomaran la sexualidad con calma, a su tiempo, después de dar a luz. Se explicaba que el puerperio no se trata solo de reacomodar tripas y que toma más que cuarenta días. No lo leyó. Ni eso ni nada de lo que le mandé sobre crianza. Incontables son las veces que accedí a tener sexo por temor a un chantaje o cualquier otra represalia emocional. Yo no sabía que eso también es violencia sexual. También intenté apoyarlo durante el luto de su padre y ahí fue cuando se volvió adicto a los videojuegos: era capaz de quedarse hasta las cinco de la mañana con un grupo de amigos que hizo en línea. A veces le pedía que no lo hiciera, que se quedara con nosotras, que me acompañara; pero en las madrugadas me despertaba y encontraba su lado de la cama vacío. Cuando le pedía que cuidara a nuestra hija (sí, tenía que pedir que cuidara a su bebé) la sostenía con un brazo y con el otro se la pasaba viendo videos de personas jugando.


Entre la violencia doméstica, la violencia laboral y las vicisitudes de la maternidad, acabé desarrollando ansiedad generalizada y otras cosas de las que ya he escrito. Todo hervía. Cambié de terapeuta y pude identificar las violencias que se ejercían sobre mí. Decidí denunciar a mi jefe violento y a separarme. Durante este último proceso, recibí más violencia psicológica: me dijo que era una egoísta, que yo no amaba a mi hija, que si de verdad la quisiera, lucharía por su familia. Como si no lo hubiera dado todo ya. Un día me provocó un ataque de ansiedad y cuando pude regularme, me pidió un beso. Le dije que qué le pasaba, que era un enfermo. Me dijo que le gustaba provocarme ataques de ansiedad porque sentía que era una forma de estar conmigo, algo nuestro. Me dio miedo. A la fecha, no entiendo: de ir corriendo a mi casa a ver cómo estaba porque me sentí mal del estómago, pasó a gritarme porque no quería ir a comprar comida por estar cansado de jugar hasta el amanecer con sus amigos. No le dije a nadie lo que pasaba. Me daba vergüenza comentar que a veces respiraba profundo y fingía disfrutar mientras pensaba “con tal de que acabe”. Tampoco me atreví a comentar la vez que arruinó el banco de leche a propósito, de cómo me gritaba, de lo que encontré en su teléfono. Una vez sí le conté a una amiga que él se la pasaba viendo videos cuando “cuidaba” a nuestra hija y me dijo que esa era su forma de estar con ella. Eso era justo lo que él también decía: así soy, no puedo hacer las cosas como tú las haces. Era como si pretendiera que yo olvidara todas las atenciones de las que me rodeó antes de tener a nuestra hija. El agua hervía y yo me consumía, pero había aprendido que la ropa sucia se lava en casa, había aprendido a callar.


Tuve pensamientos suicidas y eran tan avasalladores que pensé en irme con todo y bebé. Una cosa que es muy tabú es creer que las mamás no podemos pensar en suicidarnos y nos dicen cosas como “´piensa en tu hija, ¿qué haría ella sin ti?”. Alegar cosas así no es nada disuasivo. Cuando alguien me dijo eso, pensé: “Claro, nadie más puede cuidarla como yo porque, al final de cuentas, yo soy su mamá. Me la llevo”. Poco a poco fui entendiendo que no fue que yo no quisiera vivir, sino que yo no podía vivir si estaba en esas condiciones.

Con mucho apoyo pude salir de la olla. No salté así nada más: fue un proceso largo, doloroso, pero acompañado. Mi principal motivación fue que no quería que mi hija pensara que era normal vivir así, con gritos, maternando a un treintañero que no quería lidiar con sus emociones ni con sus responsabilidades. Lo que quiero que mi hija vea es que se puede y se debe vivir con dignidad y respeto. Tuve que reacomodar mi vida para recobrar mi independencia y autonomía. Cada que soy capaz de llevar a mi hija a alguna consulta médica, me siento bien conmigo misma porque no hay nadie que me grite o me chantajeé. Y aunque no puedo dejar de hablarle porque tenemos una hija en común, todo va mejor. Incluso mi situación económica mejoró porque nadie está gastando mi dinero a mis espaldas.


Pienso que si la fábula hubiera sido sobre cómo el esposo golpeaba a su mujer, mi papá no me la habría contado. También pienso que posiblemente la historia sí era así, pero mi papá decidió cambiarla para que yo no pensara que mi ex podía pegarme. Puede que si le hubiera dicho lo que realmente pasaba, no me dijera nada. Pero yo no quería que mi papá sintiera vergüenza de mí porque yo sí la sentía, porque me reprochaba no haberme dado cuenta antes y no haberme atrevido a enunciar las cosas por su nombre y no pedir ayuda, llevarlo solo con mi psicóloga y que quedara en secreto profesional. 


Así que no. No son cosas que pasan desde el principio. Nadie se presenta y te dice que, entre sus características, está ser abusivo o violento. No es que seamos exigentes o que no sepamos escoger pareja: es que muchos quieren tener hijos porque asumen que las infancias se comportan como nenucos y, si no, de todos modos, la madre será quien se haga cargo. Y esto último se amplía, porque hay hombres que instrumentalizan la incompetencia para que sus parejas asuman todas las responsabilidades. Por eso abundan videos de hombres que se quedan solos en casa durante días y cuando sus esposas vuelven, todo está hecho un muladar. Los reproches de los hombres que usan estas estrategias se vuelven tan constantes que una queda fatigada como para cuestionar o exigir. Y callamos.

Es difícil ver y reconocer la herida. Sucede que da vergüenza y miedo. Da miedo que minimicen las cosas o interiorizar frases como “al menos no te pega” la misma tarde en que piensas que, si hubiera metro en tu ciudad, te lanzarías a las vías con tu hija en los brazos. Da vergüenza reconocer que se está atravesando por este tipo de situaciones, salir de la olla  y pensarse como víctima. Luego, viene el proceso de sanar, y eso también duele. Verme en esos otros relatos, en esas teorías o textos que intelectualizan sucesos como el que pasé resulta, a momentos, desgarrador. La parte buena es que, luego de un tiempo, las cosas mejoran: la herida sana y una se vuelve capaz de diferenciar las ollas con agua de los estanques con agua limpia. 



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