Maternidad y escritura

Por mucho tiempo me pregunté cómo, si mi vida había cambiado tanto en los últimos años y parecía que tenía más experiencias, de pronto dejé de escribir. No solo perdí la capacidad de escritura sino que, literalmente, había en mi vida periodos prolongados de silencio, de no articular ni una sola palabra, que me mantenían en esta vida como ausente. Las ideas seguían andando en mi cabeza, las dudas exigían una respuesta pero mi escritura de pronto desapareció. A veces me encontraba viendo a mi alrededor, maravillada con el paisaje, sintiendo todo el peso de las emociones, con papel y pluma en mano pero sin nada qué decir y en mi interior una voz que decía que no era tan buena escritora porque una poeta de verdad tendría cada palabra para definir lo que yo quería… y los días avanzaban sin hablar. Tenía una bebé con la que ni siquiera gesticulaba. Un día me preguntaron si mi hija de más de dos años ya hablaba y dije que no. Luego esa misma persona le hizo preguntas a mi hija y ella contestó con una conversación normal y elaborada para su edad. Ni siquiera me había dado cuenta de que mi hija sí hablaba y en un idioma que yo apenas conocía, entonces entendí que si no hablaba mi idioma era porque yo, siendo con la única que podría hablar, estaba ausente.
Creo que debí ser muy fuerte para no perder la razón por aquellos años de soledad en una montaña de Nueva York; todo muy bonito, sí, pero la maternidad pesaba sin una persona de mi confianza a quien pudiera relegar el cuidado de mi hija, una niña que se me dificultaba regular porque desde el primer momento se veía que iba a ser lo opuesto a mí, a mi timidez, a mi miedo, a mi silencio.
Luego retomé la lectura, después de mucho tiempo de ni siquiera abrir un libro llegué a La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero:
“Cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la palabra”,
y me descubrí en esa cita. Entendí que mi cuerpo estaba en luto. Mi corazón podría brincar de alegría con cada chiste nuevo de mi hija, pero la cabeza protestaba, y con ella el cuerpo: no sólo había dejado de ser la hija, ahora era la madre y, aunado a que había emigrado a un lugar al que apenas conocía, mi capacidad para hacer cosas que antes se me facilitaban, se había acabado. Lo entendí también cuando fui al dentista y me preguntó si había estado bajo mucha presión porque mis dientes estaban flojos, síntomas de apretar la mandíbula prolongadamente. Yo dije que no, porque ni siquiera había puesto atención a eso, pero en los meses siguientes me descubrí de tanto en tanto con la quijada apretada y luego un dolor de cabeza insoportable cada que debía hacer algo mínimo.
Y aquí viene una de esas contradicciones que tanto vemos en todos lados y nos hace sentir culpables como mamás. Por un lado, está la felicidad que te da serlo y por otro la tristeza que te invade por todo lo que tienes que priorizar. Y priorizas cosas que sabes que valen la pena, pero
¿y yo como persona?, ¿y yo como lectora?, ¿y yo como escritora?
La vida ha avanzado, mis circunstancias han cambiado, a veces vuelvo a leer, pero siento que hasta las palabras empiezo a olvidar. Empiezo a olvidar cómo se escribe, cómo hilar las ideas, cómo nombrar lo que siento. Pero guardo la esperanza de que poco a poco, cuando tenga más tiempo para mí, este periodo de silencio pasará.

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