Cadena de celebración
- Idalia Plumí

- 26 may
- 2 min de lectura

A propósito del día de las madres, estuve recordando las dinámicas de celebración de hace unos años.
Recordé que era un día feriado en mis años de primaria, secundaria, incluso prepa. La mayoría de las maestras eran madres y yo ese día ni siquiera me lo pensaba, en mi lógica era un día concedido para la población en general.
Algunos días antes, la emoción por las celebraciones, las comidas y las fiestas se diseminaban por todas partes; ofertas en la radio, dinámicas para ganar un ramo de flores, una serenata, un cambio de imagen o de perdida algún trasto para la cocina. Yo hacía mi parte memorizando un poema para el festival escolar.
Ahora, recuerdo un sentimiento confuso en la adolescencia, cuando me di cuenta de la cadena de celebración de las mujeres. Ese día era especial, yo quería que mi mamá sintiera todo el cariño y agradecimiento que describían los comerciales. En mi ingenuidad imaginaba a mi madre atenta a todo el fervor de mis atenciones, pero a su vez mi mamá buscaba la mirada de la suya.
Ella, mi mamá se afanaba en elaboraciones culinarias, organizaba actividades y personas esperando la aprobación de la abuela. La mamá grande, la mamá de todas y todos los que acudíamos ese día a su casa para llenarla de flores, comida y canciones que narraban el sufrimiento, el amor, la abnegación y una sarta de imposiciones para que se supiera querida.
La abuela, por su parte, madrugaba al panteón con su cubeta, la escoba y una botella de sarricida para limpiar la tumba de su madre. Terminada la limpieza regaba la tierra de alrededor y acomodaba las flores mientras el mármol blanquísimo le mostraba su reflejo. Se sentaba un rato a ver su obra, como niña pequeña esperaba una aprobación, una mirada maternal.
Los hombres se hacían cargo de estar guapos, como si la celebración fuera suya, iban a la tienda, al supermercado y claro al expendio porque una fiesta sin cheve, pues no es fiesta.
Yo ayudaba a mi madre en la cocina, lavar y picar verduras, acercar algún utensilio, pelar los ajos o mandar a alguien a la tienda eran mis actividades. Después de las rondas de comida seguía la tertulia. El momento de repetir mi poema y cumplir con mi parte, después, seguía la plática de los adultos, algunos chistes, canciones viejas y la tristeza de la borrachera que arrastra la caída del sol.
Las mujeres hacíamos lo propio, recoger, guardar, lavar platos y buscar en las entrañas la certeza de que habíamos cumplido. Yo esperaba que mi mamá disfrutara su festejo y ella pensaba en la abuela y la abuela recordaba a su madre. Ese día no eran madres, eran hijas.

Comentarios